La primera gran revolución tecnológica en el ámbito de la alimentación humana fue el uso del fuego para cocinar. Ello permitió extraer más energía de los alimentos - al convertir parte de la fibra que contienen en azúcares absorbibles por nuestros intestinos - y eliminar patógenos gracias a las altas temperaturas. Como consecuencia, se hizo posible un crecimiento de la población sin incrementar el consumo de recursos.

Cientos de miles de años después,la agricultura- entendida como la selección, cultivo y cosecha de determinadas especies vegetales - supuso la segunda revolución tecnológica. Las consecuencias fueron inmensas: el ser humano pasó de un modo de vida nómada a otro sedentario, dando lugar a una nueva expansión de la especie.

Tuvieron que pasar más de 8.000 años para que, en el siglo pasado, fuésemos testigos del desarrollo de los fertilizantes químicos, subproducto intelectual de los avances militares de la Segunda Guerra Mundial, que permitieron - junto con el uso de pesticidas - el auge de los monocultivos en grandes superficies. La explosión demográfica resultante no ha tenido parangón en la historia de la humanidad.

En los últimos años hemos presenciado grandes avances en áreas muy diversas de la operativa agrícola. Para entenderlos mejor, quizá tenga sentido reflexionar acerca de cuáles son los grandes retos para la agricultura de los próximos años. Pese a que la tasa de natalidad se encuentra por debajo del nivel de reposición en muchas regiones, la población mundial seguirá creciendo durante varias décadas… y la tierra disponible no lo hará. De hecho, la superficie cultivable per cápita se ha reducido a la mitad en los últimos 60 años. A esta presión se suman la creciente escasez de recursos hídricos, la alteración de los patrones climáticos, la reducción de la mano de obra agrícola a nivel global y la creciente presión regulatoria sobre el sector. La agricultura del futuro debe orientarse hacia una mayor productividad, adaptabilidad, automatización y trazabilidad.

En lo que respecta a la productividad, conveniencia y adaptación a nuevos climas, los avances en genética han sido determinantes, tanto en hibridaciones varietales como en modificación transgénica. A modo ilustrativo, nuestras uvas crecen sin semillas y estamos plantando arándanos - una baya originaria de climas fríos - en el desierto de Perú. El riego de precisión, el uso de sensores y maquinaria inteligente, los bioestimulantes y fertilizantes, así como determinadas prácticas regenerativas, ayudan al agricultor a consumir menos recursos, alargar la vida útil del suelo y reducir la dependencia de mano de obra externa. Al mismo tiempo, permiten recabar una ingente cantidad de datos que, una vez analizados, aceleran la curva de aprendizaje. Actualmente nuestros campos producen tanto frutas de calidad como valiosos datos que nos permitirán ser más productivos y eficientes en el consumo de recursos.

La agricultura del futuro no puede dejar de lado la inversión continua en innovación. La cadena de valor agrícola es hoy más compleja que nunca, aglutinando multitud de actores especializados. Aquellos capaces de ejercer como agentes dinamizadores del cambio, impulsando la mejora continua e integrando el conocimiento de su entorno, serán los grandes ganadores de esta cuarta revolución que estamos viviendo en primera persona.

Por Aritza Rodero, partner en Atitlan - https://atitlan.es

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