Por Mar Galtés / La Vanguardia

Silicon Valley es el nuevo Eldorado, la capital mundial de la tecnología y de la innovación. Sede de las grandes corporaciones de la economía digital, es la fábrica donde se gesta y se vive el futuro.

Cuando dos desconocidos se encuentran siempre se sonríen: quién sabe si podrían ser amigos, quién sabe si uno acaba de cruzarse con el próximo Mark Zuckerberg. Cuando alguien pregunta ¿Qué tal va?, a nadie se le ocurre contestar eso de “Ir tirando”. “¡Great!” es la única respuesta posible en Silicon Valley. La región que se extiende al sur de la bahía de San Francisco hasta más allá de San José, es el nuevo Eldorado, la capital mundial de la tecnología y de la innovación. Sede de las grandes corporaciones de la economía digital, es la fábrica donde se gesta y se vive el futuro. Emprendedores de todo el mundo van al antiguo valle de Santa Clara con la misma efervescencia de los exploradores que allí vivieron la fiebre del oro a mediados del siglo XIX.

“El Silicon Valley es un experimento que hemos visto pocas veces en la historia. Como la Roma capital del imperio, o el Londres que durante siglos administró medio mundo”, dice Marten Mickos. Este emprendedor del “club de los unicornios” (se llama así a las escasas empresas que alcanzan la valoración del billion -mil millones- de dólares), finlandés integrado desde hace doce años en el Silicon Valley, tiene una buena perspectiva del momento y el lugar. Aquí se ha concentrado la industria de la tecnología y el software. Pero ahora “el software se está comiendo el mundo: por tanto hay que entender el software”. ¿A quién pertenecen los consumidores de todo el mundo? Simplificando, a cinco empresas: Amazon, Apple, Facebook, Google y Microsoft. Y todas están en la costa oeste de EE.UU. En Europa pertenecemos a los bancos, a organizaciones locales. “Pero nuestros hijos ya están conectados a esta comunidad global. Es un riesgo, pero también una oportunidad”. No se trata de crear un competidor de Google, sino de participar de su revolución. Mickos lo explicó así a una veintena de empresarios catalanes de FemCat. La Fundació viaja periódicamente para conocer modelos para inspirarse en cómo mejorar el país, y ha estado en Silicon Valley buscando respuestas a las grandes incertidumbres que crea la revolución tecnológica.

Los empresarios de FemCat son gente emprendedora y viajada, a quienes no les es ajena la rica California. Pero en esta reciente inmersión han encontrado un ecosistema único –quedaron convencidos de que es imposible replicar–, radical en todas sus formas, y del que hay mucho que aprender. ¿Qué es lo que hace de este lugar la capital del futuro? La conjunción de talento y dinero en grandes cantidades, con el convencimiento de que se puede cambiar el mundo, y de que es desde allí donde se va a cambiar. Si hay un mantra que se repite en esta comunidad de start-up, empresas revolucionarias y universidades de élite es: “Make it happen”. La gente es optimista, individualista, orientada a resultados. San Francisco renació tras el terremoto de 1906, y superó la burbuja .com del 2000. Ya lo habían hecho los buscadores de oro: llegar al Salvaje Oeste era tan difícil que una vez allí cualquier cosa era posible. Ese espíritu sobrevive.

Si Silicon Valley fuera un país, tendría el PIB per cápita más alto del mundo: uno se siente allí como en una gigantesca estación espacial que no gravita alrededor de la Tierra, sino que está bien asentada en un privilegiado enclave californiano. Allí se ha reunido una comunidad multicultural que ha llegado por méritos propios –la competencia es dura, pero funciona la meritocracia– y que se siente capacitada para solucionar los grandes retos de la humanidad.

“El ADN de la bahía es innovar: hagas software o tomates”, dice Jaume Pons, biólogo, alto directivo en Pfizer, de nuevo emprendedor. La sequía que azota la región no es una calamidad, es un reto: para desarrollar soluciones de eficiencia, ya sea en el riego de los jardines, en la agricultura o en la elaboración de vinos.
“Aquí no hay sólo buenas ideas: hay grandes problemas que resolver. Las ideas son baratas, lo que importa es la ejecución” dicen Pejman Nozad y Mar Rodríguez Hershenson, inversor y emprendedora de largo recorrido, ahora dedicados a invertir en empresas en estados muy iniciales, una actividad que reconocen que es de alto riesgo: “Nosotros les firmamos el primer cheque. No hay que tener miedo”.

Todos ellos son parte de una élite formada en buenas universidades de todo el mundo, muchos de ellos barnizados en la prestigiosa y vecina Stanford. A las puertas del campus están Google, Apple, Facebook, Uber o Airbnb esperando a los mejores ingenieros, pero también los grandes fondos de capital riesgo (el 60% de esta inversión de EE.UU. se concentra en el Silicon Valley) a la caza de ideas disruptivas, del nuevo “unicornio”.

“De aquí se sale con una manera de hacer”, explica Pau Guinart, doctorando en Humanidades en Stanford, que reconoce el altísimo nivel de presión que tienen los estudiantes, mientras recorre el campus y enseña su piscina olímpica, su museo de Rodin al aire libre, o el nuevo centro de meditación. En la cafetería la mayoría de jóvenes, solos o en grupos, sólo interactuan con la pantalla de sus dispositivos.

No lejos de ahí, en los jardines del campus de Google, destaca la reproducción de un esqueleto de dinosaurio: “Si no eres capaz de adaptarte, da igual lo grande que seas, que no podrás sobrevivir”. Es el mensaje que transmite esta empresa de 50.000 empleados, que compite en mil negocios (en publicidad, en telefonía, en vídeo, en mapas, en coche eléctrico) y que está obsesionada en ser punta de lanza de la innovación. “No sabemos qué será lo importante dentro de un año”, explica Fran García (ingeniero, Stanford). La de Google es una cultura que funciona bien con eslóganes: “las ideas llegan de cualquier parte; libertad para perseguir tus sueños; innovación, no perfección inmediata; si eres diferente, estamos contratando; utiliza datos, no opiniones; céntrate en los usuarios, no en la competencia; la innovación requiere límites, porque motivan a romperlos”. También idealizan la transparencia: “comparte todo lo que puedas”, aunque de Google, hacia fuera, poco explican. Este discurso extremo de la transparencia, el que cuestiona los límites de la privacidad, es el que explica Dave Eggers en la novela El Círculo, fiel reflejo de las contradicciones de este mundo que ya se intuía en Matrix o en el Gran Hermano de Orwell.

Pero en Silicon Valley tienen su propia visión de la transparencia. Los inversores dicen que no se firman contratos de confidencialidad. En Chartboost, la empresa que crearon Pepe Agell y María Alegre en San Francisco, comparten con sus empleados cada semana toda la información de cómo van los resultados (aunque hacia fuera, no hacen pública la facturación). También es habitual que todos los empleados tengan participación en acciones. “Aquí el trabajo no es sólo un trabajo, es una identidad”, reconoce el “dropboxer” Àlex Castellarnau (ingeniero en Dropbox). “Tenemos valores de equipo: aspira más alto; nosotros -no yo-; y suda los detalles”. Y la empresa les cuida: la comida gratis ya se supone, pero es que en tres años el cocinero no ha repetido aún ninguna receta.

En el Valley saben que en el mundo prácticamente hay de todo, y que lo realmente escaso es el tiempo. Un sentido de urgencia que quizás tiene que ver con ese Big One, el terremoto que todos saben que algún día puede volver a comerse San Francisco. Pero eso no es un freno, ni lo es pensar que quizás el sector esté de nuevo en una burbuja. Si lo está, y explota, ya lo superarán.

“La orientación es a resultados, y resultado es dinero. En otras culturas hay otros objetivos: prestigio, fama, estabilidad. Aquí, “it is always about the money”, dice Mickos. Es un mensaje que impacta en la mentalidad del empresario europeo, más acostumbrado a la vocación familiar que trasciende el puro beneficio. “La biotecnología aquí se mueve por dinero: si no hay dinero, no se podrá encontrar la cura al cáncer”, provoca Joaquim Trias, otro emprendedor biotech exitoso en Silicon Valley. Aquí las empresas nacen, crecen, se reproducen y desaparecen, y todo a gran velocidad.

Preocupa la sostenibilidad, y por eso en el Valley triunfan los coches eléctricos. Pero también los que han ingresado millones enseguida se compran un Ferrari: los domingos por la tarde hay que sacar a pasearlo por las carreteras de Portola Velly, hasta Half Moon Bay o Santa Cruz, porque eso da sentido de pertenencia. “En Europa si tienes éxito generas envidias, si fracasas es peor. Sólo se puede ser mediocre. Y hay que salir de esta actitud”, añade el inversor de origen finlandés.

Aunque ni en Silicon Valley es oro todo lo que reluce: la tasa de suicidios está en sus niveles máximos, la región tiene una de las tasas de divorcio más altas del mundo, hay una creciente brecha social y problemas de acceso a la vivienda. Hay una seria desigualdad de género, pero la situación de la mujer apenas se cuestiona. Las comunidades hindú o asiática están bien posicionadas en tecnología, pero apenas hay hispanos que destaquen.

Hay características en Silicon Valley que son imposibles de replicar, otras que son inevitables. Allí se ha generado la nueva revolución industrial, la digital, del software: lleva tantos años y ceros de ventaja, que es imposible atrapar. Pero el siguiente paso significa que esta tecnología aterrice en todos los sectores del “mundo real”, para transformar todas las industrias. Es imparable. Y los empresarios han entendido que Europa, con su bagaje industrial, vuelve a tener una oportunidad para liderar la transformación de sus sectores tradicionales.

“Catalunya ya lideró una revolución industrial. Ahora es el momento de volver a subir al tren, y de ser su máquina”, dice Ramon Carbonell, presidente de FemCat. El viaje impactó, y los empresarios lo tuvieron claro: a Silicon Valley ¡habría que ir cada año! No se puede imitar, pero hay que crear puentes. Y eso pasa necesariamente por un vuelo directo entre Barcelona y San Francisco. Para que la creación que aquí se genera, que nadie duda de que ya es de alto nivel, pueda ir a madurar a Silicon Valley, porque es allí donde están las grandes oportunidades para tener impacto global.

La leyenda del garaje y el poder de los catalanes en HP

Leland Stanford fue un empresario que se enriqueció con la llegada del ferrocarril, que fue gobernador de California y en cuyo rancho familiar creó en 1890 la universidad que lleva su nombre. Pronto fue cuna de emprendeduría, pensando en que los estudiantes no tuvieran que regresar a la costa Este a trabajar. Fue el caso de los alumnos William Hewlett y David Packard, que en 1938 trabajaban en el desarrollo de un oscilador de ondas en el garaje de la casa de Palo Alto donde vivían (uno con su esposa en la casa, el otro, soltero, en un cobertizo en el patio trasero) y que se convertiría en el primer producto de la hoy multinacional HP. Ese garaje, que se ha convertido en marca genérica de una manera de emprender (crear “empresas de garaje”) es un lugar de peregrinación, el punto kilométrico cero de la revolución tecnológica, el origen del Silicon Valley. La segunda Guerra Mundial dio el gran impulso a la región –con el dinero público para hacer investigación militar– y explican que con la guerra fría el sector tecnológico reforzó su valor estratégico. Luego llegó internet, y la revolución digital en la que nos encontramos, que ha transformado el lugar en una moqueta de barrios residenciales y ultramodernos campus de compañías.

Cerca de ese garaje, HP tiene sus cuarteles centrales, donde trabajan una buena legión de altos directivos catalanes, reflejo de la potencia del centro que la multinacional tiene en Sant Cugat del Vallès. Ernest Sales, Enrique Lores, Santi Morera, Manel Martínez, Guayente Sanmartín o Mercè Barcons confirman que seguramente HP es la empresa americana, o extranjera, con más directivos catalanes en su cúpula.

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