Por Mar Galtés / La Vanguardia

La economía colaborativa, el fenómeno que moviliza a los usuarios en nuevas relaciones de consumo y pone en jaque a grandes operadores tradicionales como cadenas hoteleras y taxis, no es un invento nuevo. La economía colaborativa no es sólo fruto de las mentes innovadoras y disruptivas de Silicon Valley, ni es patrimonio de Uber o Airbnb. ¿Cuántos estudiantes no han compartido coche y los gastos de gasolina cuando iban a la universidad? Y siempre ha habido gente que alquilaba esa habitación vacía de su piso, para sacarse unos ingresos extra. Sin embargo, el gran cambio es que ahora la tecnología, internet, permite crear plataformas que dan al fenómeno alcance global y lo pueden convertir en lucrativos negocios. No hay que tener un vecino o un conocido que haga la misma ruta en coche: basta descargarse una app en el móvil y contactar con otros viajeros (Uber para distancias cortas, Blablacar para medias y largas). O poner unas fotos del piso en el escaparate de Airbnb. Airbnb no tiene pisos de su propiedad, como Uber no es dueño de los coches. Eso los hace fácilmente escalables: no tienen que invertir en activos físicos (ni construir hoteles ni crear flotas de coches) para crecer. Las perspectivas de negocio son brutales, considerando al menos que los inversores están dispuestos a pagar cifras astronómicas por invertir en estas empresas.

“El gran cambio es que antes el inventario de activos lo aportaban las empresas, y ahora también los particulares, la ciudadanía atomizada”, explica el experto en transformación digital Genís Roca, de Roca Salvatella. “La economía colaborativa es un fenómeno que ya es estructural, y incluye muchas cosas: algunas económicas, otras sociales, locales o multinacionales, de izquierdas o de derechas, o ultraliberales. Uber o Airbnb sólo son la punta del iceberg de la economía colaborativa”.

“A medida que crece el concepto de economía colaborativa incluye cosas muy diferentes. Me interesa como un sistema basado en el modo de producción ciudadana”, explica el experto Javi Creus.

Un grupo de aficionados al cine han creado en Barcelona Screen.ly: uno propone una película que quiere ver, y cuando consigue el quórum suficiente, se organiza la proyección en una sala. Y desde el 2013 funciona Trip4Real, idea de Glòria Molins y que ya opera en varias ciudades españolas y del Reino Unido, Irlanda, Francia, Italia, Portugal y Países Bajos: los “locales” (ciudadanos) que tienen algo que ofrecer lo exponen a los turistas que quieren vivir una experiencia más allá de lo convencional: una ruta guiada por la Barcelona de los grafiti, un paseo en bicicleta por Londres, una clase de cocina tradicional... En Estados Unidos se creó en el 2005 la plataforma Etsy, un sitio web peer to peer (p2p) que reproduce on line lo que sería un mercadillo: pone en contacto a proveedores de artesanía y de artículos vintage con los consumidores. Etsy tiene 54 millones de usuarios registrados, 1,4 millones de vendedores, 20 millones de compradores activos. Según su información pública, en el 2014 intermedió unas ventas totales de casi 2.000 millones de dólares.

Hay tres posibles etapas evolutivas en la llamada economía colaborativa, explica Roca, con tres ejemplos. 1) El puro intercambio (el couch surfing, una forma de viajar alojándote gratis en casa de alguien. O los bancos de tiempo, en Barcelona hay más de 50). 2) El intercambio de casas entre particulares, sin dinero a cambio. 3) “Tengo algo y si me pagas, te lo puedo ofrecer”. Eso sería Airbnb, Uber... “Aquí sí hay intercambio monetario”. Los dos primeros funcionan con una normativa propia, y tiene un importante substrato cultural. En el tercero, muchas veces necesita de regulación (que hay que hacer nueva, no existen precedentes). Eso es también lo que empezó a hacer eBay, las subastas de objetos de particulares, en 1995.

“La economía colaborativa es una tercera mirada a las cosas. Hasta ahora había dos sistemas, orientados a gestionar la escasez: cuando es lo público quien gestiona los recursos y reparte a quienes tienen menos, y el sistema de mercado que premia al que paga el mejor precio. Pero la economía colaborativa crea abundancia, porque tiene unos niveles de eficiencia muy superiores”, explica Creus. “Alquilar una habitación de Airbnb ya es eficiente. Un artesano que vende en Etsy se convierte en una multinacional. La ventaja ya no está en la escala”.

La tecnología aporta la capacidad de organizarse y, muy importante, la valoración, los reviews de los propios usuarios: cuando alguien utiliza un servicio, puntúa al proveedor, o incluso éste también al usuario. El sistema que popularizó Tripadvisor en hoteles (ya no bastan las estrellas: ¿quien no mira en Tripadvisor o Booking las valoraciones de los usuarios antes de reservar?) se extiende a todas las actividades. “El fenómeno de las redes sociales otorga una capa de rating a las personas. Algunos pueden ser absurdos, como el número de seguidores, pero otros pueden dar mucha orientación sobre la persona”, explica Roca.

Otra diferencia es en quién se deposita la confianza que es imprescindible en el intercambio. Si es individuo con individuo (en los bancos de horas, o en el couchsurfing). O si es el intermediario, la plataforma, quien fija unos estándares y asume parte de la responsabilidad.

La dimensión global –y financiera– que han alcanzado algunas de estas iniciativas incluso cuestiona que se les pueda seguir llamando economía colaborativa, o sean cada vez más empresas de servicios. Por ejemplo, Airbnb acaba de lanzar un nuevo producto dirigido a los viajeros de negocios, y a su alrededor surgen nuevas plataformas de servicios.

“Que Uber o Airbnb estén en bolsa será compatible con tener ciudadanos autónomos y empoderados gracias a su actividad colaborativa”, valora Creus. “Estamos en una fase de conquista y el crecimiento es exponencial. Las valoraciones de las empresas se hacen en función de la bolsa de oportunidad que han detectado, pero es difícil que Uber o Airbnb acaben capturando todo el negocio. Y no olvidemos que todo va muy rápido, y cuando tienes éxito, hay el riesgo de saltarte cambios radicales: le pasó a Microsoft, que no pinta ahora nada en el móvil. Google era el número 17 de un ranking de buscadores:, la mayoría de los cuales ya ni están en la partida... Los cambios tecnológicos son muy rápidos, y pueden aparecer repartos de costes más eficientes... Pensar que esto será para siempre es muy difícil”

ALGUNOS EJEMPLOS:

- Airbnb: Vacaciones de casa en casa

Damaris había utilizado Airbnb como turista, y hace un año decidió apuntarse a la plataforma como anfitriona. Separada y con un hijo de 12 años, juega con el calendario ycon los días que el niño está con su padre, para poner en alquiler una de las dos habitaciones de su piso en el Poble Sec.“No quiero que interfiera mucho en nuestra vida, pero es una forma de aprender a compartir, de conocer gente y culturas diferentes. Se basa en la confianza, pero yo selecciono quien acepto en mi casa”. El suyo no es un piso turístico; tributa por sus ingresos extra en la declaración de la renta (en 2014, 900 euros;“ ahora ya tengo muchas reviews,y ya he cuatriplicado”. Rojas es asesora gastronómica en una empresa, y con lo que obtiene en Airbnb–en un mes bueno, 1.200 euros;en invierno, quizás 100–“puedo permitirme viajar”.

- SocialCar: Te dejo el coche

Hace cuatro años que Jaume Vinyes vive en Barcelona y desde entonces apenas utiliza el coche. Y hace un año que decidió “colgarlo” en SocialCar: desde entonces lo ha alquilado 45 veces, a razón de 27 euros al día, o 135 a la semana. Su vehículo es un Renault Modus y “a veces me lo piden para ir a comprar pequeños muebles, o para una pequeña mudanza, o de fin de semana”. Jaume está encantado con este sistema que le permite cubrir los gastos que le genera el mantenimiento del coche que apenas usa, “ha superado todas mis expectativas”. Y ha adaptado su vida: hace sus planes en función del alquiler. “Y si algún día tengo una urgencia, cogemos un taxi”. Alquilar su coche también ha sido una opción para Myriam, propietaria de un Volkswagen Beattle (en la foto): cuando está fuera del país, deja que SocialCar se lo gestione. “No es lo mismo el ride sharing (compartir trayecto, como Uber) que el car sharing, que a su vez tiene dos modalidades. La tradicional, que no deja de ser una empresa de alquiler de vehículos (como Avancar, que fue adquirida por Zipcar, a su vez propiedad del grupo multinacional Avis). Y el peer to peer, que es de particulares a particulares”, explica Mar Alarcón, fundadora de SocialCar. Aunque sea a nivel de individuos, es igualmente un negocio organizado, y la compañía cobra comisión por las transacciones. “Nosotros hacemos factura al propietario, con el IVA, la retención para el certificado de la renta, pagamosaHacienda la parte de la transacción...” explica. Cuando SocialCar empezó hace cuatro años, no existían modalidades de seguro que contemplaran esta situación de alquiler a particulares, “pero el sector se ha ido adaptando. Y no se hace ningún alquiler sin el correspondiente seguro”. El alquiler de coches es un mercado libre y no requiere de licencia administrativa, por eso en SocialCar no tienen los problemas de Uber con los taxistas, o de Blablacar con las líneas de autobuses de transporte de viajeros. “Los grandes de alquiler de coches consideran que lo que hacemos nosotros es precisamente fomentar el alquiler. De todos los propietarios que se nos dan de baja, el 40% es porque se vende el coche y pasa a ser usuario de alquiler”, explica Alarcón

- Glovo: El “chico” de los recados

Manuel González tiene 65 años, pero, por temas de cotización,no le conviene jubilarse aún. Trabaja de subagente para una compañía de seguros–sector en el que haestado toda la vida–y por las tardes, desde hace un mes,complementa su sueldo haciendo de “glover”. Está conectado a la plataforma Glovo, creada hace unos meses en Barcelona y que pone en contacto a usuarios que necesitan que le hagan un recado con personas dispuestas a ayudarles a cambio de una tarifa fija.Manuel se mueve en coche o en moto, y entrega sobres o paquetes, o va a buscar alguna comida para entregar a domicilio,o a comprar al Ikea lo que le encarguen.Se puede sacar 250 euros al mes,espera llegar a 500,en las 5horas diarias que le dedica. Es un tiempo del que él dispone,y por el que muchos usuarios están dispuestos a pagar.

- Deliberry: Mamá hace la compra

Margarita es una de las “mamas hoppers” que te hacen la compra seleccionando los productos con el cariño con el quelo haría una madre. Había sido directora de una agencia de viajes y madre trabajadora acostumbrada a llevar una casa; ahora se ha sobrepuesto a la crisis con este nuevo empleo creado por Deliberry. La última startup surgida de Antai se dirige a los usuarios que no tienen tiempo de ir al supermercado: cobra 5,90 euros por el servicio,y una comisión a os comercios asociados por el tráfico que les genera, incluso puede convertirse en su operador de comercio on line.Y tiene una red de compradoras contratadas y repartidores (ahora 12) organizados (con tecnología) para optimizar los viajes y entregar los pedidos, si hace falta,en una hora. Deliberry funciona desde hace apenas diez semanas en Barcelona, y en septiembre salta a Madrid.

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